Hace mucho que no escribo por acá. Un par de años de hecho. Increíble lo rápido que pasa el tiempo y lo que cambiaron las cosas. Ya sé que este -el paso del tiempo y lo desconectada que estoy- es un tema recurrente en este blog, y hasta a mí se me está haciendo denso hoy, así que cambiemos el tema.

-Hablando de denso, Buenos Aires con sus olas de calor y su porcentaje de humedad más alto que el Empire State no favorecen mi salud-

Me da fiaca nombrar todas las novedades, así que este es el plan de acción: quiero retomar este hábito que tenía de escribir un poco cada día, me hacía bien y además es un buen ejercicio para “las pequeñas células grises” (si conocen esa cita, 100 puntos para ustedes). Así que, indirectamente, iré nombrando las novedades a medida que pase el tiempo. O no, conociendo que soy tan consistente como una de las tantas tormentas de verano que estamos teniendo 🙂

Sin ningun orden en particular (ni tilde en la “u” porque no tengo), lo primero que me viene a la mente para escribir hoy es… lo incomunicada que esta la gente.

Si, ya sé, está super quemado el tema de “en la era de las comunicaciones, estamos más distantes que nunca” y  “la globalización y la pérdida de indentidad individual” y otros títulos alarmantes que puedo inventar y ustedes pueden leer con voz de locutor. Pero bueno, digamos que no lo había sentido tan profundamente hasta este año, que empece a trabajar en una primaria, con alumnos, profesores, directivos, horarios y salario fijo (oh sí, todo un trabajo “de verdad”).

El nivel de desconección inter-personal es, como menos, alarmante. Además, el hecho de tener un aparatito que te rastrea a todas partes hace que, algunas personas, se “olviden” que no vivís para la institución y, de repente, todas las horas son momentos en los que pueden contactarte. Sábado a la noche. Domingo a la mañana. Lunes 15 minutos antes de entrar a clase (!). Cualquier momento. Ejemplo puntual, estar hablando con un directivo de que el día de mañana no me corresponde ir al colegio por “razones a, b y z”, ir a dar clase y a los 30 minutos recibir un mail en el que me explica muy cordialmente que tenemos una reunión con el resto del plantel docente.

Mañana.

Me sorprende, y alarma, que cambie tan rápido de idea alguien que está en una posición organizadora. Como seguro lo están pensando, sí, más de una vez por algún motivo no recibí estos mails “a tiempo” y sí, me perdí reuniones/entregas/clases especiales y me llamaron la atención por ello.

Pero bueno, supongamos que tuve mala suerte, es un ambiente laboral ecléctico y desorganizado y quelevasahacer.Lo que seriamente me preocupa son los estudiantes.

(¿Alguien podría pensar en los niños?!)

No hablo del estereotipo de queja al estilo “esa caja boba, la miran todo el día y no estudian” o “los juegos violentos, los vuelven violentos”  (que se comprobó que no, por favor busquen los trabajos científicos, son tres segundos con google scholar) sino que varios de estos chicos y chicas no diferenciaban entre el mundo “real” y “virtual” o, lo más horrible para mí, le daban mayor peso al segundo. He visto peleas entre chicos de ocho años porque uno no le mando vidas a otro para un jueguito. Niñas llorando porque los padres no les dejan tener cuentas de facebook o twitter o skype y entonces el resto las trata como si no estuvieran ahí, en el patio, con ellos en el recreo. Otros que se ocupan de tener el muro lleno de fotos con un montón de gente, pero en persona los trata fatal. Ciberbullying a raudales, con insultos y cargadas de doble sentido, y tienen solo ocho años!

Entiendo que no vean la diferencia, digo, nacieron con una cámara pegada en la jeta y nunca tuvieron vida privada. La linea entre real y virtual nunca existió para ellos. Y los efectos que ví son tremendos. No tuve un día de trabajo, ni uno solo, que alguno/a no llorara desconsoladamente por algo relacionado al mundo virtual. El estrés que les genera es gigantesco, sienten una tremenda presión a tener seguidores y subir videos todos los días, porque si no estás ahi, en la red, no existís, no estás.

Me acuerdo que un finde nos fuimos con los perros a un parque grande con mi pareja, la pasamos muy bien y ese lunes les conté a los chicos sobre los árboles que vimos y los tipos de hojas y como algunas siguen la fórmula de Fibonacci (porque doy matemática, no para torturarlos).

No podían entender el concepto de que no sacamos una foto ni filmamos un segundo de la experiencia. Ni que hablar de Twitter ni Facebook, porque no tenemos Internet en nuestros celulares. Entraron en shock, me llamaron “poser” y demandaron ver mi celular para confirmar que no tenía internet y no había sacado fotos ni videos en el parque.

Me sentí muy vieja y muy triste ese día.

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